El día era frio, muy frio. La nieve lo cubría todo, como un manto de pureza. Pero pronto desmentí la inocencia de la nieve. El viaje en los minibuses hubiera sido agradable, si no supiera a donde nos dirigíamos. El paisaje estaba lleno de belleza y paz, ocultaba bien lo que tenía escondido bajo tierra, los horrores que había vivido la gente allí, las vidas que se había llevado el frio y la falta de un aplice de humanidad.
Sé que esto puede sonar estúpido, la reacción de una niña de cinco años que no quiere escuchar lo que no le gusta, pero me conozco suficiente como para saber que no necesito nuevos tormentos en mi mente para ser consciente de lo cruel que es el mundo. Desde el momento en el que llegamos al campo de concentración, me negué a escuchar, cree una barrera entre lo que veía y lo que creía, que me mantuvo a salvo por un tiempo.
Cuando bajamos de los coches algunos compañeros se pusieron a jugar con la nieve, que ese día lo cubría todo, y a deslizarse por una placa de hielo resbaladiza que había en el suelo, yo lo intente, pero no me encontraba de humor para ello, así que me retire a un lado de la pista de hielo improvisada que habían creado y me concentre en mis pies, y en que no se convirtieran en cubitos de hielo. Se oían risas, y en los rostros de mis compañeros se dibujaban sonrisas, probablemente en el mío también, pero prefiero pensar que no fue así, que fui tan estúpida como para pensaba que podría salir de allí como si no me hubiera enterado de nada, sin un solo rasguño en el corazón.
Nos llevaron hasta una pequeña sala de cine, donde nos pusieron un documental sobre el campo de concentración. No entendí mucho, puesto que era una mezcla de personas hablando en diferentes lenguas y subtítulos, y el único idioma que pude reconocer y entender fue a través de uno subtítulos que me fue imposible de leerlo y codificarlo la velocidad a la que iban, así pues, después de un rato intentándolo decidí desistir y concéntrame en las imágenes que ofrecía la pantalla. Luego me arrepentí de haberlo hecho, las imágenes eran probablemente mucho más de lo que mis barreras podían soportar, y tras una pequeña brecha va un gran derrumbe, así pues deje que se desmoronaran. Las imágenes finales fueron demasiado para mi, y para todo el mundo. Pilas de gente muerta, como si fueran sacos de patata, y una completa indiferencia en la cara de un soldado que conducía a otro prisionero a lo que probablemente sería su muerte, mientras pasaban por el indicio de lo que habría más adelante, la muerte masiva de gente inocente, por el capricho de un estúpido con demasiado poder y capacidad persuasiva. Mientras contemplaba estas imágenes y los restos de mi barrera, empezaron a aflorar a mis ojos pequeños indicios del sufrimiento y la tristeza que me creaban lo que contemplaba. Así pues me deje a la deriva de las lágrimas y los sollozos. Que se acabara la película significo una gran alivio para mí, pero odie en ese momento a la persona que encendió las luces y me saco de mi mar de pensamientos y lagrimas. A mi alrededor había filas de gente con ojos rojos y semblantes serios. Algunas personas se abrazaban dándose consuelo por cosas que no les habían ocurrido, y que sin embargo las sufrían, aunque fuera de una manera remota. Al salir nos cruzamos con un grupo de un colegio que entraba a la sala riendo y haciendo bromas, como entramos nosotros, ajenos al la realidad que se había vivido en aquel lugar.
A la salida del cine nos esperaba un guía, que nos tuvo parados diez minutos delante de la puerta del cine explicándonos cosas del campo de concentración, yo no me entere de nada, puede que físicamente estuviera presente, pero mi mente se encontraba muy lejos de allí, divagando sobre lo que acababa de ver. El frio se volvió a apoderar de mi cuerpo, haciendo que me mandíbula temblara violentamente y que mis pies se entumecieran por completo. M e alejé un poco del grupo, rehusando a escuchar, ya no por elección propia, sino mas bien por orden de mi mente. Podría haber lo intentado, pero no era capaz de concentrarme en las palabras del guía. Era como estar como estar en estado de shock, pero consciente de lo que te rodeaba. Pasamos por diversos lugares del campo de concentración, a los cuales me negué a entrar, el tiempo se me hizo eterno, y el frio me bloqueo por completo. Finalmente fuimos a una caseta con calefacción y una gran moqueta del campo de concentración, estuvimos como veinte minutos allí haciendo preguntas y escuchando lo que el guía nos decía, nos explico donde estaba cada cosa situada en la maqueta. En el pasillo que daba a la puerta de la caseta, en una de las paredes había una gran dibujo en relieve de imágenes del campo de concentración, que me izo llorar otra vez. Luego nos dirigimos a las chimeneas, que pese a no sé un campo de exterminio contaba con una chimenea. Nuevamente me negué a entrar ahí, así que me dirigí junta a otras compañeras a la galería de arte. Lo primero que había era un gran dibujo de un ramo de flores en un trozo de muro.
-Era su forma de expresar algo bello, un pequeño gesto de libertad que los nacis no sabían identificar.- nos explico alguien.
El resto de la sala estaba llena de pequeños dibujos de gente esquelética, agonizando. No me detuve mucho a mirarlas, puesto a que tosa mostraban lo mismo. En otra sala había una estatua de cobre, de un judío sosteniendo la estrella de David ante su pecho, y en este, justo donde la estrella se apoyaba había un gran agujero que le atravesaba el tórax por completo, dejándote ver lo que haba al otro lado. La escultura me gusto, no en un sentido estético, sino por el ingenio que había sido creada y lo bien que lo representaba. Tras esta sala había una bastante tétrica, fue la que más me asombro, pues allí dentro se podía respirar el autentico catastrofismo que representaba, cartones con el contorno de la sombras de las personas, listados enormes de gente, con cruces al lado y nombres tachados, zapatos viejos, muñecos desnudos, tirados en el suelo, representado gente muerta, mascaras de gas….esa sala era un representación del mismo infierno.
Tras ver el museo nos fuimos a los minibuses, yo pensé que ya habíamos terminado, pero nos dirigimos hacia otro aparcamiento, apenas a cinco minutos del campo de concentración. Estuvimos bajando un rato por un montón de escalones, teniendo cuidado de no resbalar con cuidado o de saltarnos un escalón oculto por la nieve. Volvía a ver gente montando jaleo, por lo que nos pararon y nos pidieron un poco de respeto. Yo por mi parte seguía bastante absorta en mis pensamientos, preguntándome como los nacis podían pensar que hacer sufrid a los judíos y matarlos era lo correcto Salí de mis pensamientos cuando llegamos a un gran torreón con una campana en su cima, y frente a la torre una gran escultura de bronce de un grupo de judíos, al fin libres. Estábamos en el memorial de Buchenwald. Frente a la escultura había una gran bajada de escaleras, completamente cubiertas por la nieve, y al final de estas, un gran círculo que se hundía en el suelo, tenía forma de anfiteatro, pero sin las gradas ni los gladiadores, donde habían enterrado a las víctimas del campo. Alguien incito a Brechje a bajar corriendo por las escaleras rodear el círculo y volver arriba en dos minutos y medio, o algo por el estilo, y esta pregunto si alguien la quería acompañar. Contemple la capa de nieve virgen que se extendía ante mí, que me impedía ver los escalones. Sopese las posibilidades, y luego me dije a mi misma ¿Por qué no?
-Yo – dije cogiéndola la mano, y empezamos a descender los escalones corriendo. En ese momento me libere de todo lo que me había estado atormentando desde el momento que vi el documental, dejando que mis pensamientos se fueran. Empecé a reír mientras me tropezaba con los escalones. Las vistas eran alucinantes, y la sensación de ir encontrar del viento era aun mejor, así que me deje llevar. Dicen que el olvido es una protección de la mente contra el dolor. Así pues decidí olvidar, aunque solo fuera por un rato. Ya tendría tiempo más adelante en el minibús para pensar sobre ello.